05 mayo 2009

Un peluche de pocas palabras

El estruendo detuvo completamente a la Alameda. Nadie sabía qué ocurría. Todos miraban de un lado a otro, sin encontrar de dónde provenía el griterío. De pronto alguien señala hacia una dirección y allí se encontraba

el cuerpo del peluche Nicolás.

Este peluche de nariz acorazonada, 78 centímetros de altura y cuerpo algodonado nunca pensó que su vida terminaría así. Por el contrario, aquel día que contrajo matrimonio con la Barbie Secretaria su vida cobraba todo el sentido que había esperado durante toda su adolescencia. Más aun cuando se enteró que tendría a su primer peluchito. Pero todo cambió repentinamente.

Una mañana la Barbie Secretaria despierta a Nicolás muy agitada y con una expresión e urgencia. Al llegar a la clínica, ingresan a su esposa mientras él se sienta impaciente en la sala de espera. Nunca el tiempo le había importado tanto. Sintió como si hubiese estado todo un día sentado ahí. De pronto por altoparlante se escucha “¡Código azul!”. Inmediatamente supo que algo malo sucedía con su mujer e hijo.

Nunca pudo superar esa pérdida, ni nunca tuvo la intención de hacerlo. Sólo encontraba refugio en las drogas. Cada noche en que el insomnio lo visitaba, se dirigía al portal Álamos de Viña del Mar para intercambiar alguna antigüedad -que su familia le había heredado- por algunas líneas de cocaína o algo de marihuana. Sólo ahí el vacío que la vida le había dejado se completaba.

Pero aquel día su maniática rutina cambió. Salió del supermercado –en donde trabajaba como cajero- y se dirigió rápidamente a su bar de siempre. Intercambió un antiguo candelabro de oro blanco de su bisabuela Rosalinda por un arma de su amigo dealer. Jaló tres líneas de cocaína. Y se subió a un taxi. “A Santiago, por favor”. Nunca fue un peluche de muchas palabras y el conductor se dio cuenta. Durante el viaje ninguno mencionó nada. El taxista lo dejó en un bar. Allí bebió un par de cervezas. Y a eso de las 7 de la tarde se dirigió a la Alameda. Se puso frente a la Moneda. Sacó una soga de sus roñosos jeans azules. Envolvió su cabeza. Y no lo pensó, sólo lo hizo.

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